El equívoco de Castañeda y Aguilar Camín (II)
Genaro Lozano y Hernán Gómez
colaboración especial
El Universal
Aguilar Camín y Castañeda afirman que en el mundo globalizado de hoy sólo dos países tienen “el privilegio de seleccionar la región a la que desean pertenecer”. Estos son México y Turquía, ambos “bisagras geográficas y culturales entre dos mundos”. Al expresarse así, parecen olvidar que las bisagras se inventaron para abrir puertas. Turquía no ha optado por una región en detrimento de otra ni ató su destino a un solo país como lo ha hecho México.
La mitad de las exportaciones turcas se orientan a la Unión Europea (a Alemania, su principal socio desagregado, se destina el 9.8%), pero también a Rusia, Estados Unidos y a los países islámicos. En contraste, el 85% de las exportaciones mexicanas se concentran en Estados Unidos y Canadá, mientras que sólo 6.4% se orientan a América Latina, 6.3% a Europa y únicamente 3% a Asia, muy a pesar del tamaño de países como China y la India.
Y si hablamos de Turquía, no deja de ser interesante observar que la política de “occidentalización” seguida durante varias décadas no ha marcado una pauta histórica inevitable. Actualmente, Turquía está aproximándose a naciones como Irán, Siria, Líbano, Rusia, Georgia y Azerbaiyán. Varios estudiosos afirman que, para Turquía, Medio Oriente es hoy casi tan importante como la Unión Europea. En otras palabras, Turquía no se casa con una sola región y afirma su versatilidad como nación global.
Al afirmar que “los países, como las personas, necesitan identidad y propósito, un rumbo deseable: música de futuro”, los autores ocultan que las identidades, tanto personales como nacionales, son fluidas. Los mismos que rechazan la “Doctrina Estefan” menosprecian la “Doctrina Madonna”, donde la fluidez y capacidad de adaptación son esenciales en un mundo en el que lo único permanente es el cambio. Las naciones más exitosas son aquéllas que logran reinventarse. China es el tal vez el ejemplo más evidente (a pesar de no estar libre de controversias).
La relación entre países como México y Estados Unidos siempre tendrá asuntos pendientes. La importancia y la complejidad de ambas naciones, así como sus cambios poblacionales y grado de interdependencia obligan a mantener una agenda permanentemente abierta. La pauta debe abarcar tanto el tema migratorio como la necesidad de avanzar hacia mecanismos de integración que superen la dimensión estrictamente comercial e integren mejor las preocupaciones de sus ciudadanos.
Aunque el gobierno mexicano no puede ausentarse de una agenda norteamericana —que incluya también a Canadá— tampoco debe volver a alentar falsas expectativas ni poner todos sus huevos en una sola canasta. Las condiciones para avanzar hacia una “Unión de América del Norte” no son las mismas a las que prevalecían con el TLCAN. Ni el México del presidencialismo sin contrapesos que pudo imponer un acuerdo comercial en los noventa, ni el liderazgo estadounidense que salía de la Guerra Fría existen actualmente. Hoy México vive un presidencialismo acotado, al tiempo que las prioridades estadounidenses están atrapadas en el laberinto del Medio Oriente.
Lo que fue y ha sido cierto para la Unión Europea no necesariamente lo es y lo será para América del Norte porque ambas regiones han atravesado y pasan por procesos de integración radicalmente distintos. Entre los socios europeos originales no existía un abismo tan grande en sus niveles de desarrollo ni había una superpotencia mundial capaz de generar una relación tan asimétrica como la que existe entre México y Estados Unidos.
La fórmula de integración europea apostó desde su inicio a cerrar las disparidades nacionales y regionales con instituciones europeas de financiamiento al desarrollo que lo mismo invirtieron en el futuro del norte de Portugal que en el del sur de Italia, instituciones que hoy siguen inyectando recursos en Polonia, Lituania, República Checa y los demás integrantes nuevos con niveles de desarrollo por debajo del promedio europeo.
Ello no ocurrió ni ha ocurrido en América del Norte, donde lo que se privilegió fue una “apertura gradual” (aunque en el fondo indiscriminada) de los mercados. A 15 años del inicio de la integración norteamericana, Chiapas y Nueva Jersey no han cerrado siquiera mínimamente la brecha porque el llamado Banco Norteamericano de Desarrollo se ha concentrado casi exclusivamente en proyectos medioambientales en la zona fronteriza. Por todo ello, la pretendida Unión de América del Norte es muy difícil de alcanzar.
Pero más allá de todo esto, el punto que más inquieta al leer a Castañeda y Aguilar es la ausencia de una visión estratégica más allá de las Américas. Hoy, tan importante como vincularse a Norteamérica es profundizar lo que ya hay con la Unión Europea, particularmente con España, el principal inversionista europeo en América Latina. De igual forma, urge una agenda clara y ambiciosa con países como China, Rusia, India, Sudáfrica o Brasil. Durante el último año, estas economías prácticamente fueron las responsables de todo el crecimiento económico mundial.
Atrapado en su dependencia frente a Estados Unidos, México sufrió las más severa caída en América Latina. No es casual que un país como Brasil, que logró diversificarse, haya sido uno de los menos afectados. Si antes de la crisis México tenía ya una de las tasas de crecimiento más bajas de la región, después de la crisis representa mejor que nadie en la región aquel eufemismo del “crecimiento negativo”.
Para aprovechar las oportunidades que el mundo ofrece, México no se necesita pertenecer a una región en detrimento de otra. Pensarlo así es mirar al pasado en lugar de plantearse el futuro con inteligencia estratégica. Durante los próximos años, más que depender de un socio o inscribirse a un club de países poderosos, el futuro de países como México dependerá de su ingenio para expandirse en el escenario global. Sólo así se logrará aprovechar oportunidades que no están en un único país o región sino en el mundo entero.
El verdadero dilema de México no está en elegir entre América Latina o Norteamérica, sino en aprender a actuar, de forma versátil, con Norteamérica, con Europa, con Brasil, con China, con la India, con Rusia, con Sudáfrica y con tantas otras regiones y países. Quizá el presente de México esté en América del Norte, pero el futuro deberá encontrarnos sin anclas a un solo país o región.
Genaro Lozano es miembro del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales, analista en política comparada, con énfasis en México-Estados Unidos, académico del ITAM.
Hernán Gómez es analista en política latinoamericana. Se especializa en Brasil, donde actualmente realiza una estancia de investigación académica.
Me parece que es una buena aportación al debate que esperemos no nos lleve muchos años y nuestros políticos empiecen actuar ya!